28 de junio de 2007

CARTA XXIV

EL VIZCONDE DE VALMONT A LA PRESIDENTA TOURVEL

Por compasión, señora, sírvase usted de calmar mi agitación extrema, dígnese indicarme lo que debo esperar o temer; colocado entre el exceso de la dicha o del infortunio, la incertidumbre es un martirio cruel. ¡Ah! ¿por qué le he hablado? ¿Por qué no he tenido fuerza para resistirme al imperioso encanto que arrancó mi pensamiento?
Contento en adorarla callando, gozaba por lo menos de mi amor, y este puro sentimiento que entonces no turbaba la imagen de la pena de usted, bastaba para labrar mi felicidad; pero esta fuente de placer se ha convertido en manantial de desesperación, desde que he visto correr sus lágrimas, desde que he escuchado aquel cruel "¡Ay desdichada!"
Esas dos palabras, señora, resonarán largo tiempo en mi corazón. ¿Por qué fatalidad el más dulce de los sentimientos no puede inspirarla sino terror? ¿Qué teme usted? [...]
Su corazón, que he conocido mal, no está hecho para amar. El mío, que usted calumnia sin cesar, es el único sensible; el suyo es aún despiadado. Si no fuese así, no habría negado una palabra de consuelo a un infeliz que le contaba sus penas, no se habría usted ocultado a su vista, cuando es su único placer mirarla, no se habría burlado cruelmente, haciéndole anunciar que estaba indispuesta, sin permitirle ir a informarse de su estado [...]
Adiós, señora, reciba con bondad mis obsequios, que no disminuyen nada del respeto que le tengo.
En..., a 20 de agosto de 17...

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