18 de julio de 2007

Ya no me sirve el vestido... (III)

La primera noche no pegué ojo, como era de esperar. Con la ventana abierta de par en par, toda la sinfonía nocturna de la ciudad me acompañaba mientras daba vueltas y mas vueltas en la cama: un niño que lloraba (como yo), coches, algún claxon lejano, la radio de los vecinos de habitación, palabras entrecortadas de los que volvían tarde a casa… cuando amanecía estaba tan, tan cansada que apenas podía moverme. Y me quedé quieta, tumbada en la cama mientras los primeros rayos del sol se colaban en la habitación. "¿Qué hago aquí? ¿Qué demonios hago aquí?"... pasaron horas hasta que un arrebato de cordura me hizo saltar de la cama dispuesta a coger mis maletas y volver a casa. Recogí mis cosas y bajé a la recepción del hotel. Pagué la cuenta y me escapé al café de la esquina así, mientras desayunaba, podría preparar la estrategia de vuelta. “Café y lo que sea que se tome aquí para desayunar… y un cenicero, por favor”.
Sentada en aquella terraza, con el sol acariciándome la cara y las piernas, bebiendo pequeños sorbos de café y disfrutando aquel cigarro como si fuera el último lo vi claro: “esto es vida… esto sí que es vida….”. El camarero me acerca un teléfono: “señoga, tiene una llamada”.

3 comentarios:

A corderetas con mi alma dijo...

Uyyy, esto se pone interesante. Si no fuera por el café, por el cigarro y por algún detalle más (a mí nadie me ha llamado), sería lo mismito que he vivido estas últimas 36 horas. ¡Que siga la magia...! Besos.

Madame M dijo...

"Señoga, es una llamada de Hasienda gueclamándole un dinero que no ha declagado"... Ahora, ya sí que sí: huya!!
(hermoso texto. No le tenga en cuenta este borrón). Prosiga...

Davidik dijo...

Me recuerda a un pueblo de Guadalajara que conozco, donde el único teléfono está en el bar, y para hablar con alguien todo el mundo llama al bar. Claro que ahí el camarero no dice señoga... En fin, que yo también me desvío, siga con su historia que me está gustando.