25 de mayo de 2009

Delitos

Verá. La primera vez fue muy difícil. Sudaba, y mucho. Las manos me temblaban y consciente del lío en el que me podía meter sentía que la cabeza me iba a estallar. Aquello era un problema porque debía ser muy certera, no podía fallar, no me perdonaría si fallaba. Me escondí,  y agachada en el lugar más oscuro contuve la respiración... un solo disparo, no hicieron falta más. Eché a correr y arranqué mi coche, saltó el reproductor de mp3 y grité tan fuerte como pude. Ya estaba hecho. Dicen que una vez superada la primera vez el resto es pan comido. Y así fue.
La segunda vez fue mucho más sencillo, estaba rodeada de gente, pasaba desapercibida y él ni siquiera se enteró. Y hubo muchas, muchísimas más. Y llegué a disfrutarlo tanto que se convirtió en una obsesión. Eran pequeños trofeos y necesitaba hacerlo, tenía que hacerlo, un día, y otro, y otro... Así, la frustración de una jornada cualquiera de trabajo desaparecía con cada disparo.
Ahora no tiene sentido continuar.
Guardo todas esas fotos porque no soy capaz de desprenderme de ellas. Con cada uno de esos disparos he robado momentos y sonrisas, y he sido testigo de situaciones fabulosas. Quise formar parte de aquello, pero no era más que una simple espectadora. Ahora sé que nunca estuve allí, y que todo estaba mucho más lejos de lo que pensaba.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Imagino que Winona opina lo mismo ;)