26 de julio de 2010

Flashback

Salamanca me recibió de la mejor manera posible: diez minutos de espera y el hallazgo de un libro en la librería de Fonseca que cambiaría mi vida, aunque la realidad era que ya la había cambiado hacía no demasiado tiempo.
Lo compré y me acompañó durante esos dos interminables años. Dos años, dos pisos, dos facultades, dos compañeras de piso y dos compañeros de café. Una amiga, primero compañera de piso a tiempo completo, después compañera de piso a tiempo parcial. Exámenes y té americano. Mojitos en el Capitán y planes de futuro: bares con sabor brasileiro, pianistas (eso sería una premonición), becas en lugares soñados durante mucho tiempo y heridas en el corazón que no acababan de cicatrizar.
Fueron años de nervios, de tristeza, de desamor... pero también años de ilusiones, de risas y de canciones. 
Dejé Salamanca y, exceptuando los amigos, dejé atrás también media vida. No dejé olvidado el libro. Hoy pienso que debería haber tenido ese descuido tonto y haberlo dejado allí, sobre la mesa de la habitación, como quien deja un legado a su sucesor.
El libro sigue conmigo.

2 comentarios:

Lord Palumbo dijo...

"Para saber de amor, para aprenderle,
haber estado solo es necesario..." J. Gil de Biedma

Norma dijo...

... y es necesario en cuatrocientas noches...