9 de noviembre de 2010

09/11/2010

Se despertó de golpe. 

Abrió un ojo. Luego el otro. Miró la habitación.
Blanca.
No la reconoció. 
Después de examinar minuciosamente cada detalle tuvo la certeza de que nunca antes había estado allí.
Metió la nariz bajo la sábana. 
Hacía frío. 
Hacía un frío que te cagas. 
Su casa hubiese estado mucho más calentita. Su casa la hubiese recibido con un abrazo cálido al abrir los ojos.
Pensó quedarse quieta, no moverse, pero le pudo la curiosidad.
Alargó la mano, hacia atrás.
En el interminable recorrido sobre la sábana pensó. Se alegró y se arrepintió a un tiempo.
Inventó excusas, perdones. Se justificó. Repasó mentalmente y decidió que nunca lo confesaría.
Paró. Lloró y gimió y se preparó para rozar la piel que la acompañaba.
Continuó su camino, intentó recordar quién era y no pudo.
Respiró nerviosa y estiró el brazo, 
tanto,
que abrazó el extremo de la cama vacía.
Y no se sintió mejor.

3 comentarios:

rombo dijo...

Inconmensurable...divino...Lo he visto, lo he sentido...He oido hasta el roce de la sábana...

rombo dijo...

Por cierto..¿cómo conociste a Madame M?

Norma dijo...

Gracias Rombo.
Me ha pasado que al volver a leer el texto siento mucho frío... qué cosa no?